Filipos es uno de los sitios arqueológicos más trascendentales de Macedonia, a los pies del monte Pangeo. Fundada originalmente como Crenides y rebautizada por Filipo II de Macedonia, esta joya histórica cautiva con su monumental Foro Romano, los restos de sus primitivas basílicas paleocristianas, el gran Teatro Antiguo y la memoria viva del gran enfrentamiento del 42 a. C. que decidió el destino de Roma, además de haber sido el lugar donde el apóstol Pablo fundó la primera comunidad cristiana de Europa. Es un destino imprescindible que fusiona a la perfección la épica macedónica, la grandeza del Imperio Romano y los orígenes del cristianismo.
Se encuentra en el norte de Grecia, a tan solo 15 km de la vibrante ciudad costera de Kavala (unos 20 minutos en coche) y a unos 160 km de Tesalónica. Es una parada estratégica ideal para adentrarse en los pasos de Filipo II, revivir batallas romanas y seguir los pasos de San Pablo en Grecia.
En este blog te llevaré a recorrer la impresionante historia, los secretos y la grandeza de FILIPOS – MACEDONIA ¡GRECIA!

Desde la antigüedad (incluso desde el neolítico), el lugar alrededor de los manantiales estaba habitado por pequeñas comunidades de tribus tracias (como los edones). Ellos fueron los primeros en extraer superficialmente los metales de la zona.
Siglos antes de fundar Crénides, los griegos ya conocían la zona. Los propios tasios habían fundado Neápolis (la actual Kavala) en la costa en el siglo VII a. C. para usarla como puerto y base. Desde la costa, los tasios y los atenienses llevaban más de un siglo intentando penetrar tierra adentro hacia el monte Pangeo porque toda esa llanura fértil, conocida como Datos, era legendaria por sus bosques y su oro.

En el 360 a.C. colonos de Tasos organizados por el ateniense Calistrato de Afidna, fundan la ciudad de Crénides (manantiales) sobre el actual sitio arqueológico de Filipos. Atraídos por las minas de oro y plata pero sin la capacidad militar de resistir a las hostiles tribus tracias del norte, tan solo dura unos 4 años.
“Las más importantes minas de oro están en Crénides, donde se erige la actual ciudad de Filipos, cerca del monte Pangeo; el propio monte Pangeo posee igualmente minas auríferas y argentíferas, al igual que la región que está a uno y otro lado del río Estrimón hasta Peonia. Dicen asimismo que los que labran la tierra peonia encuentran pepitas de oro.”
Estrabón. Geografía

Filipos la refundación del rey Macedonio:
Ante los ataques constantes de los tracios, Crenides solicitó la ayuda de Filipo II de Macedonia y en el año 356 a.C. el rey Macedonio aprovechó para apoderarse de la ciudad. La amplió, fortificó y rebautizó con su propio nombre. El control de Filipos, Anfípolis y toda esta región, contribuyó a que los planes de Macedonia pudieran llevarse a cabo, ya que las minas del pangeo le dieron al rey una gran riqueza.
“Pues aunque es cierto que el reino de Macedonia debió a este príncipe la grandeza y el poder conseguidos, y que se descubrieron en su tiempo ciertas minas de oro cerca de la ciudad de Crenides, a quienes hizo llamar, por su nombre, Filípicas, las cuales le rentaban todos los años mil talentos, también lo es que consumió su erario, tanto por su liberalidad como por las continuas guerras que mantuvo, y por los considerables gastos que hizo para restablecer y restaurar Macedonia, la cual se hallaba en la más suma pobreza al inicio de su reinado, y él de por sí no era nada rico.”
Curcio Rufo, Quinto; Vida y obra de Alejandro Magno

Caído el reino de Macedonia en el 168 a.C. Filipos pasó a ser una importante ciudad romana, debido en gran medida a la Vía Egnatia que posteriormente uniría a Constantinopla (Bizancio) con Dirraquium, y desde ahí a Italia con la Vía Apia que te llevaba a Roma.
Batalla de Filipos 41 a.C.
La primera mención de la ciudad de Filipos que hace Apiano es cuando Augusto y Marco Antonio enviaron a Decidio y Norbano con 8 legiones a Macedonia y tomaron los pasos a Tracia. Parece ser que los tracios se habían dividido apoyando algunos a Bruto y Casio con Rascúpolis y Rasco hermano de éste, con Octavio y Marco Antonio.
Al llegar al golfo de Melana el ejército de Casio y Bruto estaba compuesto de más de 80.000 hombres de infantería y de 17.000 de caballería, con aliados de todas partes del imperio como galos, lusitanos, tracios, ilirios, partos, tesalios, hispanos, medos, partos y los gálatas de Asia. Lo sorprendente es que había soldados de Julio César peleando del bando de sus asesinos, quienes se aseguraban de pagarles bien. Y ante su gran ejército pronunciaron un gran discurso en defensa de la república y contra la tiranía de César, que los llenó de confianza a todos, era realmente un ejército enorme y así avanzaron hasta pasando por Eno, Disco y el monte Serreio.
A continuación Rascúpolis los ayudó con una imposible maniobra a tomar por sorpresa a los soldados de Decidio y Norbano, tomando un paso de montaña; éstos al darse cuenta gracias a Rasco, se retiraron antes de ser rodeados por el gran ejército, hasta Anfípolis. De esta forma Bruto y Casio lograron llegar a Filipos.
Apiano nos cuenta un poco de la ciudad:
“La ciudad de Filipos se llamaba antes Dato y, más primitivamente, Crénides, pues había numerosos manantiales allí alrededor de una colina.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
“Filipo la fortificó, pues la consideraba un lugar muy bien dotado por la naturaleza como plaza fuerte contra los tracios, y la llamó Filipos, por su propio nombre.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV

Y nos dá Apiano una descripción perfecta de cómo se encontraba la ciudad en ese momento:
“La ciudad se encuentra situada sobre una colina rodeada de precipicios y su tamaño es tan grande como la anchura de la colina. Hacia su parte norte había bosques a través de los cuales condujo Rascúpolis a Bruto y Casio; y hacia el mediodía hay una zona pantanosa que se extiende hasta el mar. Por el Este se hallan los desfiladeros de los sapeos y de los corpilos, y por su lado oeste existe una llanura muy fértil y bella, de unos trescientos cincuenta estadios, que llega hasta las ciudades de Murcino y Drabisco y el río Estrimón.”
Destaca la inclinación del terreno siendo “cómoda para los que descienden desde Filipos, pero penosa para los que suben desde Anfípolis”.
Y nos detalla donde acamparon los ejércitos de Casio y Bruto:
“Hay otra colina, no lejos de Filipos, que llaman colina de Dioniso, en la que se encuentran las minas de oro llamadas las Asila. Diez estadios más allá de ésta existen otras dos colinas, a dieciocho estadios de Filipos y que distan entre sí ocho estadios; sobre éstas acamparon Casio y Bruto, el primero sobre la que estaba al Sur y el otro sobre la de más al Norte.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV – Apiano
Se enteraron que se aproximaba Antonio y decidieron prepararse en este lugar porque la llanura les era magnífica. Por sus lados tenían pantanos y lagunas hasta el río Estrimón, y por el otro desfiladeros intransitables. Entre las 2 colinas se encontraba la principal vía de acceso de Europa a Asia y ahí mismo construyeron una muralla con unas puertas.
“Establecieron su base de aprovisionamiento en la isla de Tasos, distante cien estadios, y tenían ancladas las trirremes en Neápolis, a setenta estadios. Mientras Bruto y Casio, satisfechos con el lugar, procedían a su fortificación, Antonio se puso en camino rápidamente con su ejército queriendo anticiparse al enemigo en ocupar Anfípolis como lugar ventajoso para la batalla.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV

Recordemos que Octavio había quedado más atrás por una enfermedad y sin embargo Antonio aceleró a toda marcha y dejando atrás Anfípolis decidió poner su campamento a solo 8 estadios del enemigo y también fortificarse. La situación era totalmente desfavorable para Antonio, viendo el enorme campamento del enemigo, con la mejor ubicación y provisiones infinitas. De esta forma comenzaron algunas primeras escaramuzas de caballería y al poquito tiempo llegó Octavio.
“…aunque no tenía aún fuerzas para el combate, se hacía llevar en una litera por entre las hileras de soldados. Octavio y Antonio desplegaron de inmediato sus tropas para la batalla, y Bruto y Casio hicieron, a su vez, lo propio sobre las alturas, pero no bajaron, pues habían decidido no apresurarse a combatir, en la esperanza de reducir a los enemigos por la falta de provisiones.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
Y acá ya podemos ver que los ejércitos estaban muy parejos en cuestión de números.
“Había diecinueve legiones de infantería por cada lado, pero mientras a Bruto y Casio les faltaban algunas tropas para estar al completo, Antonio y Octavio las tenían en exceso. Estos últimos contaban con trece mil jinetes, y Bruto y Casio tenían veinte mil, incluidos los tracios en uno y otro caso.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV – Apiano
La estrategia era clara, para Bruto y Casio con su inmejorable posición estratégica en el campo solo era cuestión de tiempo para desmoralizar a los enemigos y ganar la batalla sin siquiera luchar. Pero Antonio fue muy astuto y entendiendo esto buscó forzar la batalla.

“Dieron, pues, comienzo a la batalla de una vez por todas y cargaron contra el ejército de Octavio, que era el que, sobre todo, estaba apostado contra ellos, y, poniéndolo en fuga, lo persiguieron hasta el campamento que Antonio y Octavio ocupaban en común.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
“Antonio (…) se mantuvo en la carrera y siguió subiendo, bajo una lluvia de proyectiles, hasta que logró abrirse paso a la fuerza entre el ejército de Casio, que había conservado la posición asignada y estaba sobrecogido por lo inesperado del hecho.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
Esto provocó la victoria de Antonio sobre Casio pero también la victoria de Bruto sobre Octavio. Por lo que la primera batalla tuvo como desenlace un empate técnico.
“Se calcula que el número de bajas sufridas por el ejército de Casio fue de ocho mil, y el doble de esta cifra las habidas del lado de Octavio.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
Es acá cuando se dá el primer gran error de los republicanos, que aunque habían empatado, aún tenían todas las de vencer; de no ser porque Casio creyendo haber perdido todo el campamento en manos de los enemigos decidió quitarse la vida.
Pero Casio simplemente respondió: «Dile a él (Bruto) que ojalá alcance una victoria completa», y tornándose hacia Píndaro, le dijo: «¿ Por qué te demoras?, ¿por qué no me libras de mi deshonor?» Y Píndaro dio muerte a su dueño que le ofreció el pecho. (…) Bruto lloró sobre el cadáver de Casio y lo llamó el último de los romanos, como dando a entender que ya no habría otro que le igualara en virtud.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV

Al día siguiente ambos bandos desplegaron su ejército como para enmascarar cualquier posibilidad de derrota, pero ninguno avanzó. Mientras que lejos en el mar Adríatico los de Bruto habían tenido un éxito rotundo en una batalla naval que poco importó para la suerte de su mando.
Y a continuación sucede otro catastrófico error para Bruto que fue el que sepultó el resultado en Filipos. Pues sabedor de que no hacía falta luchar sino esperar para que Antonio y Octavio se quedaran sin suministros, no pudo con sus propios soldados, que sentían que esa situación era de una gran cobardía. Cada día Antonio formaba su ejército pero nadie salía a su encuentro y así los provocaba. Hasta que decidieron acercarse y buscar el combate como fuera posible:
“…subieron dando grandes gritos hasta las mismas fortificaciones de los enemigos e incitaron a Bruto a combatir, con burlas e insultos, decididos no tanto a un asedio como a provocarle para que trabara combate, en contra de su voluntad, por medio de un arrebato de locura.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
Por más que Bruto seguía firme en su estrategi y más aún sabiendo ya la victoria naval del Adríatico y la inminente inexistencia de suministros de los enemigos, sus soldados no aguantaron más la inactividad.
“De este modo sacó Bruto a su ejército y lo ordenó en formación delante de la muralla, advirtiéndoles que no se adelantaran mucho desde la colina para que la retirada, si se hacía necesaria, les resultara fácil y gozaran de una buena posición para disparar contra los enemigos.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV
La descripción que hace Apiano de esta segunda batalla de Filipos es de las pocas tan bien descritas en la antigüedad.
“…en combate cuerpo a cuerpo y con las espadas desnudas, asestaban y recibían los golpes mortales y trataban de expulsarse mutuamente de la formación (…) La carnicería y los gritos de dolor eran enormes. Los cuerpos de los que caían eran retirados del campo de batalla y otros ocupaban su lugar procedentes de las tropas de reserva.(…) de tal forma que siempre había un ardor renovado en el frente.”
La realidad es que fue muy igualada la contienda y se terminó decidiendo por los soldados de Octavio que lograron desplazar de su posición a los contrarios hasta que emprendieron la huida y Bruto escapó también a los montes. A todo esto Octavio seguía enfermo.

Finalmente Bruto se da cuenta que lo que le queda de su ejército ya no le pertenece, pues prefieren entregarse y ser perdonados ante Octavio y Antonio, por lo que decide quitarse la vida.
“Entonces Bruto dijo a sus amigos: «De ninguna utilidad soy ya para la patria, si tal es la manera de pensar de éstos», y llamando a Estrato, el epirota, que era amigo personal suyo, le ordenó que lo atravesara con su espada.”
Apiano. Historia romana III Guerras civiles Libros IIIV – Apiano
De esta forma Roma le decía adiós a la República. Pues más tarde, con la victoria definitiva de Octavio sobre Antonio, se convertiría en el primer emperador de Roma.
San Pablo en Filipos
En la Biblia dice que Pablo llegó desde la Tróade en barco a Samotracia, y de esta isla hasta el puerto de Neapolis. Una vez allí se dirigió a Filipos. Nos dice que la ciudad era la más importante de la región de Macedonia y así Pablo junto con Silas comenzaron a predicar y convertir personas a la fé de cristo.
Pero una de estas personas resultó ser una esclava que podía adivinar el futuro y sus dueños estaban haciendo mucho dinero con ella. Comenzó a molestar a Pablo y éste enojado invocando a Dios y removió el espíritu que tenía poseída a la muchacha. Sus amos muy ofendidos llevaron a Pablo y Silas ante las autoridades y los encerraron en una cárcel.
Aquí es donde sucede un hecho divino en el que un temblor sacude las paredes de la cárcel y las puertas se abren. El carcelero se convierte al cristianismo y las autoridades liberan a Pablo y Silas dándose cuenta que han metido presos, dado golpes y humillaciones a 2 ciudadanos romanos y con mucho miedo les piden que abandonen la ciudad, y así se dirigen hacia Tesalónica.

De acuerdo con “Los hechos de los Apóstoles” la crónica de San Pablo comienza en Grecia desde Macedonia y dice así:
Pablo en Filipos:
“Salimos de Tróade en barco, y fuimos directamente a la isla de Samotracia. Al día siguiente, fuimos al puerto de Neápolis, y de allí a la ciudad de Filipos. Ésta era la ciudad más importante de la región de Macedonia, y también una colonia de Roma. En Filipos nos quedamos durante algunos días.
Un sábado, fuimos a la orilla del río, en las afueras de la ciudad. Pensábamos que por allí se reunían los judíos para orar. Al llegar, nos sentamos y hablamos con las mujeres que se reunían en el lugar. Una de las que nos escuchaba se llamaba Lidia, una mujer que honraba a Dios. Era de la ciudad de Tiatira y vendía telas muy finas de color púrpura. El Señor hizo que Lidia pusiera mucha atención a Pablo, y cuando ella y toda su familia fueron bautizados, nos rogó: si ustedes consideran que soy fiel seguidora del Señor, vengan a quedarse en mi casa. Y nos convenció.”

Pablo y Silas en la cárcel:
“Un día, íbamos con Pablo al lugar de oración, y en el camino nos encontramos a una esclava. Esta muchacha tenía un espíritu que le daba poder para anunciar lo que iba a suceder en el futuro. De esa manera, los dueños de la muchacha ganaban mucho dinero. La muchacha nos seguía y le gritaba a la gente: ¡Estos hombres trabajan para el Dios Altísimo, y han venido a decirles que Dios puede salvarlos! La muchacha hizo eso durante varios días, hasta que Pablo no aguantó más y, muy enojado, le dijo al espíritu: ¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que salgas de esta muchacha! Al instante, el espíritu salió de ella. Pero los dueños de la muchacha, al ver que se les había acabado la oportunidad de ganar más dinero, llevaron a Pablo y a Silas ante las autoridades, en la plaza principal. Allí les dijeron a los jueces: Estos judíos están causando problemas en nuestra ciudad. Enseñan costumbres que nosotros, los romanos, no podemos aceptar ni seguir. También la gente comenzó a atacar a Pablo y a Silas. Los jueces ordenaron que les quitaran la ropa y los golpearan en la espalda. Después de golpearlos bastante, los soldados los metieron en la cárcel y le ordenaron al carcelero que los vigilara muy bien.
El carcelero los puso en la parte más escondida de la prisión, y les sujetó los pies con unas piezas de madera grandes y pesadas. Cerca de la media noche, Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas a Dios, mientras los otros prisioneros escuchaban. De repente, un fuerte temblor sacudió con violencia las paredes y los cimientos de la cárcel. En ese mismo instante, todas las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron. Cuando el carcelero despertó y vio las puertas abiertas, pensó que los prisioneros se habían escapado. Sacó entonces su espada para matarse, pero Pablo le gritó: ¡No te mates! Todos estamos aquí. El carcelero pidió que le trajeran una lámpara, y entró corriendo en la cárcel. Cuando llegó junto a Pablo y a Silas, se arrodilló temblando de miedo, luego sacó de la cárcel a los dos y les preguntó: —Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Ellos le respondieron: —Cree en el Señor Jesús, y tú y tu familia se salvarán. Pablo y Silas compartieron el mensaje del Señor con el carcelero y con todos los que estaban en su casa. Después, cuando todavía era de noche, el carcelero llevó a Pablo y a Silas a otro lugar y les lavó las heridas. Luego, Pablo y Silas bautizaron al carcelero y a toda su familia. El carcelero los llevó de nuevo a su casa, y les dio de comer. Él y su familia estaban muy felices de haber creído en Dios. Por la mañana, los jueces enviaron unos guardias a decirle al carcelero que dejara libres a Pablo y a Silas.

El carcelero le dijo a Pablo: Ya pueden irse tranquilos, pues los jueces me ordenaron dejarlos en libertad. Pero Pablo les dijo a los guardias: Nosotros somos ciudadanos romanos. Los jueces ordenaron que nos golpearan delante de toda la gente de la ciudad, y nos pusieron en la cárcel, sin averiguar primero si éramos culpables o inocentes. ¿Y ahora quieren dejarnos ir sin que digamos nada, y sin que nadie se dé cuenta? ¡Pues no! No nos iremos; ¡que vengan ellos mismos a sacarnos! Los guardias fueron y les contaron todo eso a los jueces. Al oír los jueces que Pablo y Silas eran ciudadanos romanos, se asustaron mucho. Entonces fueron a disculparse con ellos, los sacaron de la cárcel y les pidieron que salieran de la ciudad. En cuanto Pablo y Silas salieron de la cárcel, se fueron a la casa de Lidia. Allí vieron a los miembros de la iglesia y los animaron a seguir confiando en Jesús. Luego, Pablo y Silas se fueron de la ciudad.»

La decadencia de Filipos
Desde el siglo VII, Filipos entra lentamente en decadencia. Primero llegan las invasiones eslavas, luego las grandes epidemias y un terremoto devastador que destruye gran parte de la ciudad. Se reduce a un pequeño núcleo fortificado.

En el siglo IX, búlgaros y bizantinos se disputan su control, pero ya no es la Filipos romana ni la cristiana de grandes basílicas.
Ya en los siglos XIV y XV, bajo la presión de ejércitos serbios, búlgaros y, sobre todo, otomanos, Filipos pierde su sentido estratégico y se abandona. Su nombre se apaga como ciudad de un pasado que fue: clave para la minería y el apogeo de Macedonia, importante campo de batalla, gran colonia romana y ciudad cristiana de excelencia.

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